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¿Por qué será que cada
vez con mayor frecuencia se escucha que tal o cual pareja se han separado,
o han comenzado ya con el trámite del divorcio?
Realmente a la institución del matrimonio no la hemos sabido valorar y no
tiene el peso, ni le damos la importancia que se supone debería tener en
todas las parejas al momento de tomar una seria decisión, como es el
casarse. Digo esto porque, si pensáramos bien y no nos dejáramos llevar por
lo que nuestro corazón quiere o siente, nos tomaríamos más en serio el momento
de elegir a quien será el futuro padre o madre de nuestros hijos.
Creo firmemente que la culpa de la actual crisis matrimonial viene
forjándose desde la niñez. Muchas décadas han pasado y al ver la realidad
con que los matrimonios rápidamente terminan en divorcios, y pensando en el
futuro de nuestros nietos o bisnietos debemos de hacer algo ya....
¿Por qué decimos que la culpa viene desde la niñez?
Es muy doloroso reconocer que la culpa yace en el hogar. Venimos
arrastrando los errores cometidos de generación en generación y nos hemos
hundido en un círculo vicioso del cual es difícil salir.
Es en el núcleo familiar donde los padres educamos a los hijos de acuerdo a
nuestras creencias, y a la manera que tenemos de vivir nuestra fe. Ambas
cosas, casi siempre acomodadas dependiendo de nuestro propio criterio, el
mismo que estará regido según la ideología del momento y que por lo general
se encuentra sumergida en nuestros bien intencionados ideales, pero
completamente equivocados.
No estamos del todo conscientes que nuestros hijos aprenden de nosotros.
Siempre somos ejemplo para ellos, no solamente en las cosas buenas, sino
también involuntariamente aprenden de nuestro egoísmo, de la manera que ven
que no somos capaces de pensar en las necesidades del otro cónyuge porque
generalmente terminamos haciendo lo que queremos, deseamos y
anhelamos.
Si nuestros hijos se dan cuenta desde chiquititos que sus padres aman a
Dios por encima de todas las cosas, que constantemente buscan hacer no los
que le place, sino lo que Dios quiere sin que le demos demasiado
importancia a los reveses, que nos sacrificamos el uno por el otro, y
hacemos muchas otras cosas más..., ya estaríamos ayudando a generar un
cambio de mentalidad y una manera de alimentar el amor a las cosas
espirituales.
Comenzaríamos a ver un cambio positivo puesto que nuestros pequeños, los
padres de familia del mañana, irían creciendo en sus años de adolescentes
en la fe, esperanza, caridad. Se volverían más prudentes al momento de
elegir a una enamorada/o, novio/a y viceversa, porque buscarían en ellos
las virtudes que ellos mismos practican, porque gracias a sus padres
conocen de las mismas desde su infancia.
¿Qué pasa con los niños de matrimonios rotos?
Los niños, esas criaturas indefensas y pequeñitas, que abrazábamos y les
cantábamos canciones de cuna, los comíamos a besos llenándolos de caricias:
nuestros hijos, son los que sufren y sufrirán por el resto de sus días los
errores que sus padres no supieron sobrellevar y sacar adelante porque
estaban ensimismados en egoísmos, orgullos, celos, amarguras, dolores,
resentimientos. Los padres no supieron en su momento, darle valor a lo que
verdaderamente importa: ¡amar a Dios sobre todas las cosas y a los hijos
también!
Es hora de despertar, de involucrarnos más en las cosas importantes, y de
recordar con gozo lo que prometimos y repetimos con emoción años atrás:
"Yo te acepto como mi esposa/o y prometo serte fiel en lo bueno y en
lo malo, en la salud y en la enfermedad. Prometo amarte, honrarte y
respetarte mientras viva".
Dejemos a un lado las cosas materiales, el afán de poder, de riqueza, de
desear tener más y volquémonos en lo que verdaderamente es importante:
Nuestros hijos, los futuros padres de familia, parte activa de una
sociedad, que sabrán sacar adelante todo lo que se propongan, estén donde
estén, en el estado que estén, porque habrán sido afortunados de tener
junto a ellos unos padres que supieron, a pesar de todos los avatares de la
vida, de las dificultades, de las faltas de amor en el matrimonio, y de la
rutina, morir a uno mismo y pensar en ellos, sus hijos, que son a quienes
más quieren y serían capaces de dar la vida por ellos.
Fuente: Catholic.net Autor: Cynthia de
Pérez |
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