lunes, 12 de marzo de 2012

Separación y Divorcio en parejas con hijos



Cuando en el matrimonio hay hijos, la separación es un tema más complejo, ya que en nuestras manos está el brindarles una estabilidad emocional y criarlos de la mejor manera. Es por eso que entonces la separación y el divorcio deben pensarse con mayor detenimiento, agotar todos los recursos para tratar de salvar la relación. Mientras tu dignidad no se vea comprometida LUCHA!!!

Una gran amiga me pasó el siguiente artículo que les compartiré, está orientado aquellas mujeres que pueden luchar por su matrimonio, para aquellas mujeres que aún aman y son amadas y que las diferencias que tienen en el hogar pueden ser sanadas.
Esta gran amiga siempre me dice que por los hijos se “LUCHA NO SE SACRIFICA”  y se refiere a que si bien es cierto vale la pena intentarlo por ellos, no puedes sacrificar tu dignidad por tener unida una familia sin amor. Piensa muy bien en qué ambiente se criarán.

Descripción: Saca la palabra divorcio de tu mente y corazón

¿Por qué será que cada vez con mayor frecuencia se escucha que tal o cual pareja se han separado, o han comenzado ya con el trámite del divorcio? 
Realmente a la institución del matrimonio no la hemos sabido valorar y no tiene el peso, ni le damos la importancia que se supone debería tener en todas las parejas al momento de tomar una seria decisión, como es el casarse. Digo esto porque, si pensáramos bien y no nos dejáramos llevar por lo que nuestro corazón quiere o siente, nos tomaríamos más en serio el momento de elegir a quien será el futuro padre o madre de nuestros hijos.

Creo firmemente que la culpa de la actual crisis matrimonial viene forjándose desde la niñez. Muchas décadas han pasado y al ver la realidad con que los matrimonios rápidamente terminan en divorcios, y pensando en el futuro de nuestros nietos o bisnietos debemos de hacer algo ya....

¿Por qué decimos que la culpa viene desde la niñez?

Es muy doloroso reconocer que la culpa yace en el hogar. Venimos arrastrando los errores cometidos de generación en generación y nos hemos hundido en un círculo vicioso del cual es difícil salir.

Es en el núcleo familiar donde los padres educamos a los hijos de acuerdo a nuestras creencias, y a la manera que tenemos de vivir nuestra fe. Ambas cosas, casi siempre acomodadas dependiendo de nuestro propio criterio, el mismo que estará regido según la ideología del momento y que por lo general se encuentra sumergida en nuestros bien intencionados ideales, pero completamente equivocados.

No estamos del todo conscientes que nuestros hijos aprenden de nosotros. Siempre somos ejemplo para ellos, no solamente en las cosas buenas, sino también involuntariamente aprenden de nuestro egoísmo, de la manera que ven que no somos capaces de pensar en las necesidades del otro cónyuge porque generalmente terminamos haciendo lo que queremos, deseamos y anhelamos.


Si nuestros hijos se dan cuenta desde chiquititos que sus padres aman a Dios por encima de todas las cosas, que constantemente buscan hacer no los que le place, sino lo que Dios quiere sin que le demos demasiado importancia a los reveses, que nos sacrificamos el uno por el otro, y hacemos muchas otras cosas más..., ya estaríamos ayudando a generar un cambio de mentalidad y una manera de alimentar el amor a las cosas espirituales.

Comenzaríamos a ver un cambio positivo puesto que nuestros pequeños, los padres de familia del mañana, irían creciendo en sus años de adolescentes en la fe, esperanza, caridad. Se volverían más prudentes al momento de elegir a una enamorada/o, novio/a y viceversa, porque buscarían en ellos las virtudes que ellos mismos practican, porque gracias a sus padres conocen de las mismas desde su infancia.


¿Qué pasa con los niños de matrimonios rotos?

Los niños, esas criaturas indefensas y pequeñitas, que abrazábamos y les cantábamos canciones de cuna, los comíamos a besos llenándolos de caricias: nuestros hijos, son los que sufren y sufrirán por el resto de sus días los errores que sus padres no supieron sobrellevar y sacar adelante porque estaban ensimismados en egoísmos, orgullos, celos, amarguras, dolores, resentimientos. Los padres no supieron en su momento, darle valor a lo que verdaderamente importa: ¡amar a Dios sobre todas las cosas y a los hijos también!

Es hora de despertar, de involucrarnos más en las cosas importantes, y de recordar con gozo lo que prometimos y repetimos con emoción años atrás: "Yo te acepto como mi esposa/o y prometo serte fiel en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad. Prometo amarte, honrarte y respetarte mientras viva".

Dejemos a un lado las cosas materiales, el afán de poder, de riqueza, de desear tener más y volquémonos en lo que verdaderamente es importante: Nuestros hijos, los futuros padres de familia, parte activa de una sociedad, que sabrán sacar adelante todo lo que se propongan, estén donde estén, en el estado que estén, porque habrán sido afortunados de tener junto a ellos unos padres que supieron, a pesar de todos los avatares de la vida, de las dificultades, de las faltas de amor en el matrimonio, y de la rutina, morir a uno mismo y pensar en ellos, sus hijos, que son a quienes más quieren y serían capaces de dar la vida por ellos.
Fuente: Catholic.net Autor: Cynthia de Pérez |


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